martes, 5 de mayo de 2015

Cara Arana, un paraíso en el Pirineo Aragonés


A veces nos empeñamos en buscar lejos la felicidad, en querer encontrar en otros lugares lo que creemos que no tenemos, en volar para lograr sentirnos bien, en creer que lejos de donde estamos, las cosas, o los destinos, quizá las coincidencias serán mejores. Y a veces nos equivocamos.

Podría escribir sobre felicidad con solo recordar el lugar del que voy a hablar hoy, escribir sobre el significado de tranquilidad y hacer un artículo más poético que de costumbre con solo describir la paz que he llegado a sentir en este maravilloso lugar. Podría hacerlo, y aún así sería difícil de describir.

A veces no hay que irse lejos para sentir que formas parte del universo. Hay un lugar mágico, y está en España.

Nunca había estado en Huesca, y mucho menos podía imaginar que encontraría un sitio como este. Quizá sea un poco exagerada, me queda medio mundo para descubrir, pero lo que sí se, es que este es un lugar 100% recomendable si uno quiere olvidarse de la rutina, aunque sea por unos pocos días.

En Albella, municipio de Fiscal en Huesca, cerca del Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido, se encuentra la Casa Arana, un pequeño alojamiento rural de tan solo seis habitaciones y que comparte vida con tan solo seis casas y unos pocos vecinos. Al frente están Carla y Julian, que dejaron su vida en Madrid y su trabajo en una taberna de Lavapiés para vivir al borde de los Pirineos y realizar un nuevo proyecto de vida. 



El paraje es espectacular, nos alojamos en una habitación con vistas a la ermita de San Urbez, y a nuestros pies el Valle de Ara con La Peña Montañesa y el Macizo de Cotiella en todo su esplendor.

Caminando se puede llegar a un paraje idílico, un puente colgante sobre el Río Ara y restos de pueblos abandonados que quedaron por la construcción de un embalse que nunca se llegó a hacer realidad.



Muy cerca se pueden recorrer pueblos como Boltaña o Biescas, y por supuesto descubrir las maravillas naturales que ofrece el Valle de Ordesa con sus cascadas y sus bosques de hayas.

Ver las estrellas, respirar aire puro, contemplar la inmensidad debería ser imprescindible, necesario y quizá obligatorio. Porque así uno, al menos durante unos días, no necesita nada más. 

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